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Claves para un buen título

El título es el nombre propio de la obra, las primeras palabras que el lector ojea. No debemos confundir el título con un mero trámite obligatorio, sino como una oportunidad para que el autor despliegue su ingenio y habilidad con las letras. El autor debe jugar con el significado de su título. Para ello, debe de ser cauto en la elección de aquello que quiere revelar al público, y, al mismo tiempo, seducir al lector para que escoja su obra entre las almacenadas en la librería.

 

El título debe tanto llamar la atención como demostrar el rigor y la profesionalidad del contenido. El lector no debe dudar de la veracidad de las palabras que contiene en su interior. Este es el caso de El Diario de Ana Frank. Deja constancia, antes de que podamos girar la primera página, que vamos a leer una historia verídica, narrada por una niña, cuyo nombre y apellidos se encuentran claramente escritos.

En los relatos de ficción, el autor puede decidir ser claro y directo con la elección del título, como lo hizo Navokov en Lolita. Queda explícito que se hablará de una mujer llamada Lolita, un nombre tal vez exótico para un autor ruso. Para conocer el resto de detalles, debemos penetrar en su trama. En las obras de ficción las posibilidades se multiplican. El autor puede escoger un título que solo encuentre sentido una vez hayamos leído el libro.

Puede tratarse también de un título sugerente, íntimamente relacionado con la intención final o con la historia en su conjunto. Pongamos por caso la novela cumbre de Jane Austen, Orgullo y Prejuicio. En las últimas páginas de la novela, el lector y la protagonista se dan cuenta de que estos dos parecen impedir su final feliz. Es un final revelador, que ofrece una estructura circular, pues dota de sentido a toda la obra haciendo de nuevo referencia al título y dándole una importancia capital.

El autor puede escoger un título que resuma la trama, o que exprese lo que le inspire la obra sin desvelar ningún aspecto concreto. García Márquez lo hizo con Cien Años de Soledad. El título no revela ningún detalle que nos sirva para hacernos una idea. Escoge términos globales, fáciles de identificar, que podría dar pie a cientos de historias o denominar a infinidad de libros. Y sin embargo, resume el libro en su conjunto: planta la semilla del tono que seguirá la obra, como una puerta al universo creado por el autor colombiano.

El título no forma parte de la historia, pero es una parte imprescindible del libro. Ayuda al lector a entenderla en su totalidad, revela la intención del autor, y hace vislumbrar el tema imperante en la novela. Un buen título hará que recordemos la historia y podamos revivir las emociones sentidas.

 

Por Marina Sola